Son ellos “Rocco y sus hermanos”, que regresó a varias salas de CABA y La Plata, y “El inocente”, que se puede ver en el Bafici. En ambos casos, en copias restauradas.
-
Este thriller policial lleno de giros inesperados y dirigido por Clint Eastwood te dejará sin aliento
-
Tom Cruise rindió un sentido homenaje a Val Kilmer en la CinemaCon de Las Vegas
Alain Delon y Paolo Stopa en “Rocco y sus hermanos”, de Luchino Visconti.
Esto no pasa todos los días. Coinciden en cartelera dos de las mejores películas del exquisito maestro Luchino Visconti: “Rocco y sus hermanos”, con Alain Delon, Annie Girardot, Renato Salvatori, en cinco salas de Capital y La Plata, y “El inocente”, con Giancarlo Giannini, Laura Antonelli y Jennifer O´Neill en el Bafici (pero solo tres funciones), ambas en copias recién restauradas. Una representa su compromiso con el realismo, pero realismo estilizado, la otra su vocación por el melodrama y la pintura de la aristocracia en declive.
De esto último sabía bastante. La familia Visconti fue de las más poderosas del norte italiano, con títulos de nobleza desde el Siglo XVI. Su padre era un duque con campos y abundantes propiedades. Su madre provenía de una rica familia de industriales. Al joven Luchino Visconti no le faltó dinero, educación refinada y buenos contactos. Tras el servicio militar en el arma de Caballería se dedicó a la cría de caballos de carrera. Y como le gustaba el cine, a los 30 años le pidió a su amiga, la modista Chanel, que le presentara al mejor director de cine de Francia, para aprender a su lado. Ella le presentó a Jean Renoir, hijo del pintor impresionista.
Jean Renoir no solo era el mejor. También era socialista, miembro del Frente Popular y autor de “Toni”, historia de un inmigrante filmada con auténticos trabajadores en escenarios naturales, es decir, un verdadero antecedente del neorrealismo que los italianos habrían de desarrollar pocos años después. Visconti aprendió de él en todo sentido, fue su ayudante en tres películas, entre ellas la hermosa “Un día de campo”, donde aparece fugazmente, volvió a Italia, sentó sus propósitos en una revista de cine antifascista, colaboró con la Resistencia, estuvo preso, en 1942 hizo “Ossesione”, adaptación de la novela de James Cain “El cartero llama dos veces”.
Hollywood había hecho una versión pasteurizada. La suya tenía todo el realismo que pedía la novela y que el régimen de Mussolini censuraba. Le costó difundirla y se hizo director de teatro, luego también director de opera. En 1948, al fin, realizó la película neorrealista más extrema: “La terra trema”, una historia de pescadores interpretada por pescadores en un pueblo de la costa siciliana. Para más realidad no hablaban italiano, sino el dialecto de la isla. Por supuesto, también le costó difundirla. Pero no tardó en imponerse con otras películas, entre ellas “Senso”, potente melodrama de época con deslumbrante despliegue de vestuario y colorido, donde la hermana de un patriota se enamora torpemente de un oficialito del ejército austríaco ocupante.
De “La terra trema” derivará más tarde “Rocco y sus hermanos”, drama de una familia de inmigrantes sicilianos tratando de aclimatarse en la rica y despectiva ciudad de Milan (“africanos”, les dicen). Son una viuda y sus muchachos. Alguno tendrá éxito como boxeador, otros se amoldarán a la simple vida de obreros, y así. Solo uno será la fruta podrida del cajón. Coproducción con Francia, en el elenco estaban Alain Delon, Annie Girardot, la griega Katyna Paxinou como la madre, Renato Salvatori con su cara de machito malandra, Claudia Cardinale, Suzy Delair, Paolo Stoppa como el manager de box, y detrás de cámara el músico Nino Rota, el director de fotografía Giuseppe Rotunno, y Suso Cecchi D’Amico, Pasquale Festa Campanile y el novelista Vasco Pratolini escribiendo con el director una historia inspirada tanto en hechos de la vida cotidiana como en unos relatos escabrosos de Giovanni Testori. La vena melodramática, operística, de Visconti no podía estar ausente.
Y de “Senso”, con todo su despliegue, su visión de la historia y su pintura de la aristocracia en declive, iban a derivar “El gatopardo”, obra suprema, “La caída de los dioses”, “Ludwig” y también “Muerte en Venecia” (donde el personaje convive con la aristocracia sin que ésta se moleste en registrarlo), “Grupo de familia” y, la última, la estremecedora “El inocente”.
Basada en la novela que Gabriele D’Annunzio publicó en 1892, “El inocente” desarrolla la historia de un matrimonio de alcurnia pero de poco amor físico. El disfruta de la vida con una amante, pero vuelve a interesarse por la esposa cuando ésta empieza a relacionarse con otro hombre. Ella queda embarazada y el drama estalla. ¿Un inocente pagará las culpas? Curiosa elección, dos estrellas de comedias picarescas, Giancarlo Giannini y Laura Antonelli, encabezan el elenco. Acertada elección, sus actuaciones resultan admirables. Vestuario de Piero Tosi, fotografía de Pasqualino De Santis, y de nuevo la histórica Suso Cecchi D’Amico, coguionista, una mujer increíble cuyo nombre figura en casi todas las mejores películas italianas desde 1946 hasta 2006.
Visconti murió muy poco después de rodar “El inocente”. Al comienzo de esta película, una mano mueve las páginas de un libro, como se acostumbraba en las películas de otros tiempos. El libro es el de D’Annunzio. La mano, dicen algunos, es la del propio Visconti. Acá más que decir lo aseveró el prestigioso crítico y traductor Emilio Stevanovich, con su voz imponente: “La mano del propio Luchino Visconti repasa las páginas. Quizá sea la de otra persona, puede ser, pero es la de Visconti porque yo así lo declaro”. Ya no se hacen películas como esas, ni las declaraciones de los críticos tienen esa teatral belleza de otros tiempos.