25.5 C
Buenos Aires
14 febrero, 2026

Ugo Bienvenu, director de Arco: Imaginar mejor también es urgente

Durante años, la ciencia ficción imaginó futuros devastados, ciudades grises y sociedades dominadas por la tecnología. Ugo Bienvenu decidió hacer exactamente lo contrario. Su película Arco, que se estrena en Argentina tras ganar el premio mayor de la animación europea y recibir una nominación al Oscar, propone un porvenir frágil pero luminoso. Lejos de las distopías, la historia sigue a Iris, una niña que descubre que la aventura no está en escapar del mundo, sino en aprender a habitarlo con otros. Producida por Natalie Portman, la película combina ternura, conciencia ecológica y una defensa apasionada de la imaginación humana.

—Venís de escribir ciencia ficción durante años. ¿Por qué sentiste que era necesario cambiar el tono y alejarte de las visiones oscuras del futuro?

—Hubo un momento, antes de la pandemia, en el que empecé a sentir que estábamos viviendo dentro de una mala película de ciencia ficción. Muchas de las pesadillas que el género había imaginado se estaban volviendo reales. Entonces me pregunté si, de algún modo, los autores no teníamos también una responsabilidad. Pensé que tal vez era hora de contar historias que sembraran otras ideas, porque todo lo que imaginamos, tarde o temprano, encuentra la manera de existir. Si queremos que el mundo mejore, primero tenemos que ser capaces de imaginarlo mejor.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

—Sin embargo, tu película no es ingenua. Hay crisis ambiental, hay soledad. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre esperanza y realidad?

—No quería mentirles a los chicos. Cuando era niño, odiaba que los adultos me suavizaran la realidad. Los chicos perciben enseguida cuando algo no es honesto. El mundo de Arco es básicamente el nuestro, apenas un poco más avanzado tecnológicamente. Lo que cambia no es la tecnología, sino la manera en que los personajes se vinculan. La esperanza no viene de negar los problemas, sino de mostrar que todavía podemos construir vínculos, imaginar alternativas y cuidar lo que nos rodea.

—Elegiste contar esta historia en animación. ¿Por qué ese formato y no acción real?

—Las películas que más me marcaron en la infancia fueron animadas. Son las que uno vuelve a ver una y otra vez, y después comparte con sus propios hijos. La animación tiene una libertad poética que me permitía construir un futuro sensible, no frío ni mecánico. Además, me interesa el trazo imperfecto, la fragilidad del dibujo a mano. Lo perfecto, lo demasiado pulido, me parece vacío. La emoción aparece en el error, en la vibración humana.

—Hay una fuerte presencia de la naturaleza, algo poco habitual en la ciencia ficción audiovisual.

—Para mí la naturaleza es lo más hermoso que existe. Muchas películas del género muestran ciudades grises, superficies metálicas, espacios cerrados. Yo no encuentro placer visual ahí. Quería que los ojos disfrutaran, que hubiera colores, viento, agua, texturas. El arcoíris es un símbolo central en la película porque une dos mundos y aparece justo cuando conviven la lluvia y el sol. Esa mezcla de belleza y dolor define también el tono emocional del film.

—En la película, los adultos están casi ausentes y los chicos viven una especie de soledad tecnológica. ¿Qué querías transmitir con eso?

—Quería hablar del tiempo compartido. Los padres siempre les decimos a nuestros hijos que el tiempo pasa rápido, pero ellos no lo entienden. Por eso hay una imagen fuerte hacia el final, donde el paso del tiempo se vuelve visible. También me preocupa cómo la tecnología, que podría acercarnos, muchas veces nos separa. Los chicos hoy están juntos físicamente pero cada uno con su pantalla. La película dice: la aventura puede empezar en cualquier lugar, pero solo si la compartimos.

—¿Sentís que tu cine dialoga con el de Hayao Miyazaki, con quien muchos te comparan?

—Entiendo la comparación, pero no fue algo buscado. Sí comparto con él la idea de que el cine para chicos no tiene que ser blanco o negro, buenos contra malos. La vida es ambigua, y los chicos lo entienden perfectamente. También coincidimos en el respeto por la naturaleza y en evitar la violencia como espectáculo.

—La película también habla indirectamente de la inteligencia artificial y del riesgo de delegar la imaginación.

—La imaginación es un músculo. Las emociones también. Las historias son el lugar donde entrenamos esas capacidades en un espacio seguro. Si dejamos que las máquinas imaginen por nosotros, ese músculo se debilita. Y eso es peligroso, porque la imaginación es lo que nos permite soportar la realidad, ampliarla, hacerla más rica. Me preocupa que en el futuro haya personas con acceso a experiencias humanas profundas y otras cuya vida interior esté construida por algoritmos.

—Natalie Portman se sumó como productora. ¿Qué aportó al proyecto?

—Fue una protectora de la película en el sentido más literal y también en el más sensible. Desde el primer momento entendió que Arco no era una obra que necesitara crecer en escala sino en delicadeza. Mucha gente, cuando escucha “ciencia ficción animada”, imagina que hay que hacer algo más grande, más espectacular, más ruidoso. Ella hizo exactamente lo contrario: defendió la fragilidad del proyecto. Me ayudó a mantener la coherencia cuando aparecían presiones para volver la película más “impactante” en términos comerciales o visuales. Natalie comprendió que la fuerza de la historia estaba en su intimidad, en su ritmo pausado, en su manera de mirar a los personajes sin cinismo. Fue como una guardiana de la intención original, alguien que decía “confiemos en esta emoción, no la forcemos”. Para mí eso fue fundamental, porque cuando una idea es pequeña y sensible, es muy fácil romperla sin darse cuenta.

—¿Cómo viviste la nominación al Oscar?

—Fue un momento muy emotivo, sobre todo por lo inesperado. Yo estaba en mi casa, en medio de cosas cotidianas, y empezaron a llegar mensajes. Pero también trato de tomar distancia. Los premios son hermosos, sí, pero también pesan. Generan expectativas, miradas externas, presiones nuevas. Y mi preocupación es no perder la libertad interior que tuve al hacer Arco.

—Después de “Arco”, ¿sentís que tu misión como narrador cambió?

—Sí. Antes me interesaba más advertir sobre lo que podía salir mal. Ahora siento que mi trabajo es imaginar lo que podría salir bien. No quiero ser de los que destruyen castillos de arena, sino de los que ayudan a construirlos, aunque el mar después se los lleve. Porque en ese gesto, en esa construcción compartida, hay algo profundamente humano.

Últimas Noticias
NOTICIAS RELACIONADAS